divendres 26 de març de 2010

¿El precio del desarrollo brasileño?


Proyectos de construcción de pantanos, proyectos de hidrovías, proyectos de nuevos ferrocarriles, de nuevas carreteras y puentes... Brasil está vendiendo una imagen de modernización y de progreso que en realidad lo pagan muchas víctimas.
Indígenas, pequeños agricultores, comunidades tradicionales y la riqueza ambiental amazónica son sacrificados por las grandes empresas, interesadas en lucro, dividendos y el mayor beneficio al menor precio posible. Así la naturaleza y el pueblo acaban sufriendo la mayor parte de los impactos ambientales, que muchas veces tienen efectos irreversibles.

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(Josep Iborra
Llegó a Brasil en 1993. Vive en Sao Francisco de Guaporé, en el Estado de Rondônia, una de las regiones más afectadas por la deforestación, donde trabaja en defensa de las comunidades que habitan la zona. Josep Iborra es misionero claretiano)

dilluns 22 de març de 2010

¿Todas las empresas son empresas sociales?


Durante la última década, el término empresa social se ha convertido en una forma elegante de describir a las organizaciones que, en sus intentos de cambio a gran escala, eliminan las fronteras tradicionales entre los fines de lucro y el sector sin fines de lucro.


Sin embargo, con ello se corre un riesgo: que la palabra “social” disminuya la percepción del valor de la contribución de las empresas ordinarias, es decir, aquellas que desde hace cientos de años han creado miles de puestos de trabajo, mejoran la calidad de los bienes y servicios y, finalmente, elevan el nivel de vida.

(escrito por Leticia Rebeca Gasca /Distrito Federal, Coyoacán, México /Directora de comunicación)

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divendres 12 de març de 2010

El tiempo es oro, también en Nepal


La rupia nepalí no es una moneda fuerte; su equivalencia aproximada es de cien rupias por cada euro. El nivel de vida es modesto y los precios no deberían compararse con los de nuestros países de origen. Sin embargo, es normal hacer conversiones mentales al pagar y eso comporta malestares. Hoy hice las primeras compras en el barrio, aunque todavía me resisto a la carne o el pescado (foto):

•5 kg de arroz = 480 rupias

•1 kg de patatas + 1 kg de cebollas + 1 kg de zanahorias + 1 kg de pimientos + ½ kg de tomates = 180 rupias

•2 ½ docenas de huevos (medida estandar) = 200 rupias

•250 gr de pan de molde = 40 rupias

Cuando cargaba las bolsas de camino a casa no cabía en el asombro: ¡todo por nueve euros! Sin embargo, si los ingresos anuales per cápita rondan los 350 euros, ¿cómo es posible que me haya gastado tanto? Los precios en el supermercado casi doblan los de las tiendas de al lado de casa y la mujer que sólo compró un nabo se gastó 10 rupias. Precios inflados para los extrangeros y hambruna entre los más pobres. Mientras las tres hijas de la tendera pesan las cantidades en la balanza, intento calcular cuánto deberán pagar en el futuro por las horas escatimadas de escuela.


Thaïs Martín
compagina su carrera como periodista con su labor de cooperante internacional en Katmandú, con la ONG Amics de Nepal.


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divendres 5 de març de 2010

Haití: Un simple testigo


Por Ivan M. García, portavoz de Intermón Oxfam

Siempre tuve mis reparos a la hora de subirme a un avión. De todos modos, las ganas de ir, ver y contar siempre pesaron más. Una de las azafatas del vuelo en el que regresaba de Santo Domingo a Madrid hace unos días pedía a los pasajeros poco después de finalizar el despegue que se abrochasen sus cinturones, devolvieran los respaldos a su posición inicial, la vertical, y cerrasen la pequeña bandeja de los asientos delanteros. Se avecinaban turbulencias sobre el Atlántico. En estos casos sólo aseguro la hebilla de mi cinturón, pues siempre lo llevo abrochado, localizo a varias azafatas y pienso que todo va bien si ninguna de ellas rompe en un llanto histérico. Sé que puede resultar gracioso; pero les aseguro que no lo es. Al menos, no para mí.

Les cuento esto porque las turbulencias ese día fueron fuertes. El avión subía y bajaba bruscamente. A veces se zarandeaba hacia uno y otro lado para caer de nuevo como si perdiera toda la fuerza de sus motores: zasssss, pac!. Golpe seco en el estómago y continuaba el vuelo. Les aseguro que no sé cuanto tiempo pasaría hasta que todo regresó a la normalidad y el resto del pasaje pudo dormir tranquilo. En esta ocasión apenas presté atención a las turbulencias y en realidad no sé cuándo la nave volvió a deslizarse con suavidad. No me percaté de apenas nada. Si acaso, que el estar metido en un avión a miles de millas de la tierra y con temporal debía parecerse a lo que se siente cuando la tierra tiembla y todo se viene abajo: impotencia y miedo al estar a merced de lo que depare la naturaleza o los motores de un avión, en este caso. Absorto e inmóvil en el asiento sólo pensaba una y otra vez en lo que estaba dejando atrás.

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